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De Quimeras y Ensoñaciones

Victoria

Victoria ¿Quién dio alas a un cuerpo libre?
¿Quién se vistió con sutil elegancia?
El viento juega con tus vestidos, arrebolando en torno a tu figura las galas que tapan tus sensuales formas redondeadas, Ay, ¡Quien fuese viento! , Quien fuese viento para filtrase entre tus carnes de plata, para penetrar por entre valores recónditos, para arrugar con maestría esa tela externa que envuelve el mayor regalo del arte griego, colocar con genio los pliegues perfectos sobre tu talle, turbar la razón de la mirada que se posa en vuestro busto resaltado, vientre achatado, caderas abrigadas y atléticas piernas que quisieran dar un impulso y hacerte andar, acercarte, bajar las alas, replegarlas, tenerte, ser viento por un momento que atuse tus invisibles cabellos, se cuele por dentro, muy adentro, y vaya alisando centímetro a centímetro cada ondulación de tu suntuoso traje, columpiándose en un descenso a los abismos del placer, descubriendo esos rincones dignos de ver por ojos ciegos que como el viento sólo embellecen y arreglan, solo retocan y besan con galantería de caballero que trota al galope de ufano corcel de fuego, sólo, sin notar el calor prendiendo de rubor la piel de las ondas que dibujas mientras bajas, acaricias concavidades, picos, visitas valles y desciendes montañas, dejas tersa la ropa, aireas las lujurias, los deseos, los anhelos, vagas por oasis, viajas por prados de hierba tan blancos, tan blandos, tan aterciopelados, redondeados, que jurarías no ser pradera sino de un edén imaginario, te meces jugando, sobando, masajeando cada vericueto del laberinto, hasta llegar a producir un cosquilleo que levanta el vello, y te humedeces con la brisa que llega del mar, con gotitas salpicadas de sal y te cuelas, la arropas, la cubres, Ay, ¡Quien fuese viento! , brisa leve mojada que te haga temblar con un escalofrío que recorra tu cuerpo al sentir el frío, la humedad y la sal resbalando por la meseta de tu vientre, hacerse rio que naciese en el lago de tu ombligo y descendiese por agrestes pendientes cuasi verticales, abismales, hacia el mar, que en marejada, embravecida, se muestra enigmática y el destino lo hace inolvidable en envoltorios de auroras boreales, encerrada entre las dos columnas de Hércules que te sostienen y dan tronío a tu libre imperio y ponen cautivo al aire que anida entre tus ropajes, fluctua entre pecho y espalda, y se sacia de ternura y sensualidad a flor de piel, piel de piedra que rezuma el aroma de lo frágil y la magia de las preguntas, quedan tantas cosas por decirte, por conocerte mejor que el viento que suspira cuando roza la piedra pero no siente, no padece, ¡Quien fuese brisa!, rodeando esa cintura, descubriendo, poseyendo manos de piedra, tacto de roca, para jugar de igual a igual, hacer correr un ejército de hormigas sobre tu pecho enhiesto, un masaje tenue, imperceptible, pero vibrante, excitante, como el caer de los granos de arena en un reloj de tiempo eterno, repetitivo de los momentos, y a pesar de no ser viento, te miro, te admiro, te pienso y siento que siempre has llevado y llevarás dentro, independiente de tu belleza, de tus transparencias seductoras y atrayentes, la Victoria.

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